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domingo, 18 de julio de 2010

LA HISTORIA DE CHIVITO




Hace tiempo, ojeando la revista Aplausos encontré un pequeño recorte en al apartado de anécdotas para el recuerdo que hacía mención al toro Chivito, un ejemplar de la mítica ganadería de Pablo Romero, lidiado el 11 de Julio de 1987 en Pamplona, que hizo historia por el poder y la fiereza que hizo gala en el ruedo, encelándose con un jaco durante diez minutos. Me llamó la atención poderosamente y tiempo después me arrepentí de haber mandado esa revista a la planta de reciclaje en vez de haber conservado ese artículo. Ahora, después de la grata experiencia que ha supuesto mi visita a Pamplona, como pequeño homenaje a una fiesta llamada San Fermín en la que el TORO es el eje de todo lo que sucede desde por la mañana hasta el encierrillo nocturno, he podido encontrar estos interesantes documentos sobre Chivito que os invito a leer.

Decir que si alguien consigue las imágenes de la lidia completa de este magnífico toro y lo comparte conmigo le estaré muy agradecido.

He aquí la perfecta definición de un toro bravucón (el manso que hace cosas de bravo), que derrochó una fiereza y un poder extraordinarios, cualidades éstas que hacen del toro un animal admirado y respetado por cualquiera, entendidos o neófitos, a pesar de tantos y tantos ganaderos que contribuyen conscientemente a echar por tierra el lugar que el toro nunca debió de abandonar en la Fiesta, criando animales que dan más lástima que respeto. Hay que señalar que este toro fue motivo del divorcio entre el maestro Esplá y Pamplona, que se negó a poner banderillas cuando el público estaba bajó el extasis del tercio de varas que Chivito había protagonizado, saltando la barrera dos veces, una de ellas después de un puyazo, tumbando pencos como si fueran de cartón, hiriendo gravemente al picador Victoriano Cáneva y tomando según lo que he leído hasta cinco varas, aunque lo que leí en aplausos sobre los diez minutos castigando al caballo no lo menciona ninguno de los artículos que he encontrado por eso me gustaría conseguir la lidia completa. A causa de esto, Esplá tardó muchos años en pisar nuevamente el coso pamplonés y fue objeto de una monumental bronca, de lanzamiento de objetos y el vilipendio de la mayoría de los asistentes que al final del festejo querían incluso echarle mano.



Así explica un diario de noticias pamplonés el divorcio entre Esplá y el público de Pamplona a causa del toro Chivito:

1987
La decepción

Vamos a 1987. La Meca contrató a Esplá para dos compromisos. El día del Patrón encabezaba la terna Julio Robles, acompañado por Esplá y el lusitano Victor Mendes. Julio estuvo decoroso con sus borregos, a la espera del dúo rehiletero. La puesta en escena estaba servida. Compartieron palitroques y yo por aquí y tu por allá. El personal, cachondo perdido. Para completar el trío de matadores banderilleros que abarrotaron cosos durante varios años, faltaba el fogoso Vicente Ruiz El Soro.

Y llegó el 11 de julio. En una tarde solariega se lidiaron toros de Pablo Romero para José Antonio Campuzano, Esplá y Lucio Sandín. Desde Partido de Resina, finca de los caminos del Rocío, Jaime de Pablo Romero envió un corridón con trapío esplendoroso. En general les dio por la bronquedad y la mansedumbre. Uno en particular, que atendía por Chivito , se lidió en segundo lugar y correspondió al torero alicantino. Era un torazo de capa negra y armado como un marine. Embistió a oleadas y en plan huidizo al capote del matador. Tomó el olivo, por fortuna en la zona de la solanera. Ya sabemos que el callejón de las zonas umbrías está abarrotado de especímenes de toda condición. El morlaco accedió al coso y en cuanto sintió la puya en su armoniosa anatomía tomó otra vez camino del callejón sin cambiar de terrenos, dándose un tortazo de los de aúpa. Llegamos a pensar que el morlaco se había descalabrado. Fue un craso error, pues el ladino asomó los belfos a través del portón y en cuanto observó al señor Cáneva sobre el zaldi a unos 40 metros galopó y atacó con saña y echándose a los lomos el cuerpo del picador. Le endilgó una cornada que no le mató de puro milagro. El canalla huyó como un cobarde cruzando el coso. Pero se encontró con el señor Cid, que a la altura del tendido 3 y delante de este menda le cazó con la carioca más preclara de la historia y le atizó la vara más salvaje que vieron los siglos. El TRAICIONERO picador se vengó por su colega, dando una SALVAJE Y DESCOMUNAL vara larga.

El manso salió a su aire sembrando el terror en el ruedo, pero bastante atemperado. Y cuando todos esperábamos con deleite el enfrentamiento de la fiera y el bípedo con los rehiletes, el maestro se negó y dejó el trabajo sucio a sus subalternos, que no habían colocado banderillas desde que toreaban con Esplá.

El estupor dio paso a la decepción y de ahí al cabreo de 20.000 personas. La bronca, mientras los despavoridos toreros de plata chapuceaban hasta límites patéticos, fue monumental. No perdonamos que el patrón deje el muerto a sus currelas, cuando él es capaz de solucionar la papeleta.

Al finalizar la pésima lidia, el publico pidió a la presidencia la vuelta al ruedo de Chivito. Y el torero, en plan chulesco insistió al presidente con la petición. Hubo aficionados dispuestos a bajar al ruedo y partirle la cara.

Durante la lidia del quinto un aficionado le lanzó una botella de cava, que no le cazó de puro churro. Aquello fue el fin. El torero abandonó el ruedo entre lluvia de granizo con trapío de almohadillas y el idilio con Pamplona acabó en divorcio sañudo.

Anoto que volvió a los Sanfermines en un año del que no quiero acordarme y cuando le preguntaron el porqué de su regreso, contestó: Por el vil metal. Sin comentarios.

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