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miércoles, 22 de enero de 2014

En recuerdo a Joaquin Monfil ( Capitulo uno)


Manuel Martinez Agujetas
Imagenes de Cayetano Sanz en la antigu plaza de Madrid


Historias de picadores de antaño
Recordemos a don Joaquín Monfil, que gustosamente estará viendo y disfrutando de ese gran duelo entro dos colosos del toreo siendo Lagartijo y Frascuelo, aficionado este como  si hubiera vivido en aquel tiempo.
Siempre será recordado por ser gran lector y vividor de aquella época, centrándose en aquellos picadores forzudos y coletudos, que con su enorme brazo eran capaz de detener y desviar la envestida del toro.
Imaginémonos en aquella  época, contemplando en una tasca de las de antes la imagen esbelta de dos robustos picadores coletudos de aquella época.
¡Verdad que pone los pelos de punta!

Va para ustedes esta hermosa historia


Bocetos taurinos de “Sol y Sombra”

Pasaba ya de los setenta años, pero a muy cierto tengo que pocos mozos de veinte le hubieran llevado el pulso, ni partido, como partía el señor Juan, de un puñetazo el marolo de una mesa de café.
Sus puños eran dos martillos de ciclope, los músculos de su muñeca calabrotes de acero. De hombro a hombre media mayor distancia que desde los toriles a la puerta de la Presidencia.
Era todo un gigante el señor Juan.

Brazo de Hierro le llamaba la gente de su cuadrilla, y a pesar del tiempo transcurrido aun hay quien hace memoria del formidable poder de su brazo, cuando apoyando el rejón de la vara en el cerviguillo del toro, resistía el tremendo empuje, inclinado el cuerpo ligeramente sobre el estribo derecho y apretando los dientes con furia, como si creyese que se le iba a escapar por la boca todo el poderío de su sangre.

Milon de Cotrona hubiera envidiado en ocasiones al señor Juan, que si respecto a puños nada  se habría echado en cara ambos gigantes, en cuanto a hombría de bien y a nobleza e corazón mediadillo hubiese andado el atleta invencible de los juegos Piticos si el  parangón le hubieran puesto con el viejo picador de Chiclana. 

El señor Juan adoraba a su hija Carmen cuando esta era muy niña. Para ella tenía siempre caricias de niño, ternuras de mujer, delicadezas incomprensibles en aquel carácter rudo y violento. Sus brazos, cuando rodeaban el cuello de la Chiclanera- así llamaban en el pueblo a la hija del picador- se convertían en lazos de seda y pluma que al oprimir deleitaban…

Murió la madre de Carmen cuando esta era muy niña. Una mañana al amanecer sintió mucho fuego en la garganta, algo raro que la subía a la boca y la tapaba el paso del aire, y antes de la noche moría besando a su Carmita y con el pensamiento en Córdoba, a donde había ido a torear el señor Juan. Cuando este supo la muerte de su vieja-como él la llamaba-algunas lágrimas enturbiaron la mesa de café, que el tablero de mármol salto cual si hubiera sido de vidrio.
Desde entonces no hubo para el señor Juan más que dos amores. Su Carmen, su huerfanita, rubia como las mieses. Después su terrible profesión los toros. Y vivió años y años viendo aumentar su fama en el arte de detener, al par que crecía la Chiclanera, manojo de gracia y hermosura, celebre Chiclana y alrededores.