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jueves, 12 de junio de 2014

capitulo III

Aun se recuerda en Sevilla el magnífico lance del señor Juan. Salió a la plaza en un jaco tordo airoso porte, y al concluir la corrida ni la más pequeña rozadura de asta de toro pudo descubrir en el cuerpo del animal el más escrupuloso observador, y pico los seis toros.
Brazo de Hierro consolido su fama y tan heroico empeño corrió de boca en boca, de villa en villa, de capital en capital en capital, colocándole a la cabeza de los picadores de aquel tiempo, tiempo más afortunado que el presente para el arte de torear a pie y a caballo.
Perdió la apuesta Mechorito, y aunque las crónicas de la época  no dicen si cumplió como hombre lo que como gitano había ofrecido, referencias muy respetables atestiguan que el astuto ex presidiario devolvió el golpe a Brazo de Hierro, hiriéndole cobardemente en la prenda más cara de su alma, en la hermosísima Chiclanera.
Habíase enamoricado la hija del señor Juan de un gitano, digno compare de Merchorito, y quizá influido por infernales consejos de este, logro el feliz amante que la niña, accediendo a sus melosos juramentos de eterno amor, abandonara la casa de su padre el mismo día en que el señor Juan enloquecía  al publico de Sevilla con su soberbia hazaña.
La Chiclanera huyo con el gitano sin parar mientes en tamaña ingratitud, y como si esta no viniera a ser la muerte del señor Juan.
 ¡Pobre viejo!
Carmita para él era más, mucho más que el alimento cotidiano, más que el aire para los pulmones, más que la sangre para las venas.
No volvió a levantar cabeza el señor Juan.
Únicamente en el ruedo, cuando la fiera retrocedía airada para embestir con mayor ímpetu, Brazo de Hierro sentía que la sangre se agolpaba en la garganta, que su brazo adquiría inusitada fortaleza y que el bicho aquel, negro o castaño, era el infame matador de su honra y de su  felicidad.
El cornúpeto retrocedía ante aquel poder sobrehumano, y el señor Juan, echando lumbre por los ojos, apretando entre sus dedos de acero la vara y poniendo en el pecho todo el vigor de su naturaleza, gritaba llamando al toro:
_! Entra cobarde!
La muchedumbre enronquecía de entusiasmo y echaba a Brazo de Hierro sombreros y cigarros, E señor Juan era el primer picador de la época. Su brazo fue el terror de todas las ganaderías.




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